4 Rasgos que definen a un habanero

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Cuando el calor en La Habana es insufrible, me preparo una limonada instantánea (de polvito, porque el precio de los limones está por los cielos) y me siento en mi ventana a matar el tiempo y enfriar los motores. Allá arriba, en mi noveno piso, los atardeceres se vuelven sobrecogedores.

Ante mí, se alza una suerte de escenografía estática o, como dijera Sergio Corrieri en Memorias del Subdesarrollo, una ciudad de cartón. Las personas, como hormiguitas, transitan apuradas por los pasos peatonales, hacen grandes colas, corren detrás de las guaguas o cazan el almendrón que las devuelva a sus hogares después de un largo día en “la lucha”.

Uno diría que el tiempo no pasa por ella, que La Habana es una mujer madura que sabe conservarse muy bien a pesar de las precariedades. El Habana Libre, el Cristo de la Bahía, el Capitolio en eterna reconstrucción, el faro en el Castillo del Morro, la Virgen de Infanta y las luces del Malecón. Una epidermis de prominentes construcciones conviviendo con pintorescos edificios prefabricados y casitas neocoloniales reinventadas para acomodar a toda la familia.

Semejante paisaje, no desprovisto de cierto aire tercermundista, evoca la esencia de lo real maravilloso de Carpentier o del realismo mágico de García Márquez, una mezcla ridículamente bella propia de los pueblos latinoamericanos y del Caribe. Pero mi ciudad es diferente, tiene además la magia de un espíritu propio, La Habana es, por sí sola, un sentimiento.

Por tanto, me atrevo a decir que los que habitamos la capital de todos los cubanos somos seres irremediablemente románticos. El hombre habanero se conoce por sus astutos piropos y su mirada al borde de lo lujurioso. Entre tanto, las habaneras somos coquetas y extrovertidas, amamos las flores y las caminatas por el Malecón.

Igualmente, nos sabemos adoradores profesos del mar. El clima tropical, las playas o las costas más rocosas nos incitan continuamente al chapuzón, a la pesca, a la lectura y otras formas de esparcimiento. El habanero es, sin dudas, un animal marítimo, condición que heredamos por haber nacido cerca de la bahía más importante de este archipiélago (aunque nuestra dieta baja en pescado y mariscos nos diga lo contrario).

El habanero ama la Pelota, aunque no lo sepa, aunque no la entienda. Todos hemos presenciado una que otra vez un partido de Industriales y hemos sentido roña si pierden con frecuencia, de la misma forma que nos sentimos identificados con ese azul intenso de sus uniformes.

Los capitalinos piensan, graciosamente, que La Habana es el ombligo del mundo, que más allá de los límites de la provincia, no ocurre nada realmente importante…hasta que hacen su primer viaje. No obstante, el sentido de pertenencia se queda tan arraigado como cuando volvemos -después de mucho tiempo- a casa de nuestros padres y el sofá de la sala que nos parecía tan feo es ahora una belleza añorada, un lugar seguro; o cuando almorzamos huevo frito y nos vienen a la cabeza los recuerdo de la infancia, la comida de la abuela, el ventilador ruso.

“Yo soy de La Habana” no conozco a una sola persona que no esté orgullosa de gritarlo a los cuatro vientos.

Fuente:CiberCuba

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